La diversidad de las prácticas filosóficas

Presentación de la práctica filosófica en el pleno inaugural del coloquio sobre las nuevas prácticas filosóficas en la UNESCO – noviembre del 2006.


En el transcurso histórico de la filosofía parece haberse dado un giro desde hace unos años. Se podría describir este recorrido como occidental, si no fuera que las tendencias sociológicas e intelectuales de nuestra época nos conducen a una mundialización del pensamiento, igual que existe una mundialización económica y cultural para bien o para mal, tanto en el pensamiento como en la economía y las finanzas. Y como otros filósofos de múltiples horizontes geográficos presentes en esta conferencia, me lancé hace varios años, por iniciativa propia en el arduo camino de la práctica, vía que consideraba original y singular ya que resolvía lo que se me presentaba generalmente en la universidad como la “verdadera filosofía”. Pero con el paso del tiempo tuve

que desencantarme a propósito de mi originalidad: no era más que el heredero de mi época, el producto de una reacción, la expresión de un fenómeno social. Me quedaba por examinar en que medida soy, como otros, el servidor ciego y condicionado de un tiempo y un lugar.
Los éxitos editoriales

Con la finalidad de tomar una fecha, escogeremos el año 1991, año de la publicación de la obra del noruego Jostein Gaarder: “El mundo de Sofía”, traducida a numerosas lenguas y vendidos 12 millones de ejemplares. Elegimos esta fecha no cómo una especie de absoluto o de gesto fundador, sino más bien como un momento particular, revelador de una tendencia subterránea y vasta, allí donde se expresa de una manera tan poderosa y extendida, como inesperada, el amplio deseo de filosofar. Un filosofar no pensado ya como actividad elitista y recóndita reservada a una élite dirigente, la panacea de un poder intelectual y académico bien situado, sino más bien como despliegue natural de un pensamiento popular, y desearía casi decir para remachar el clavo, el de un pensamiento vulgar. Algunos podríamos invocar la potencia mediática en este asunto, motivada entre otras cosas por la potencia comercial del mundo editorial, pero partamos del principio, que vale lo que vale, que una mediación a menudo no hace más que exagerar un fenómeno ya existente: se trataría, pues, más bien de una distorsión, que de una invención. Y en este caso preciso, la distorsión fue aquella típica de magnificar el árbol proverbial al punto que puede llegar a esconder el bosque a la mirada de cualquiera.
Como anécdota, se cuenta que Deleuze escribió, descubriendo este libro y su éxito:” Eh aquí, el libro que tendría que haber escrito”. Que esta anécdota sea o no cierta no cambia nada el asunto, expresa la puesta en juego del objeto filosófico.: su naturaleza, su poder, su contenido y su realidad. Deleuze habría podido o no escribir una obra tal. Se puede dudar, pero tuvo,- si nos remitimos a esta anécdota- la honestidad de reconocer la naturaleza plástica o poliforme del filosofar, lo que convendría totalmente a su obra. La institución filosófica, si se nos permite el término informe que remite a la masa anónima de los filósofos y profesores de filosofía patentados, reconoció también a su manera la fuerza de esta obra consagrándola a la hegemonía de manera que rozaba a veces la histeria, reacción casi patológica que volveremos a encontrar, por otra parte de manera creciente, en la reacción a la emergencia de otro fenómeno filosófico, el de los cafés filosóficos. Por otro lado, para confirmar la coherencia de este asunto, hemos de subrayar que el país del que emana la obra en cuestión no es ciertamente uno en el cual la filosofía formal oficial sea solvente. No más que en los esquemas culturales o intelectuales noruegos, la filosofía y el filósofo no tienen el estatuto e importancia que se encontrará en un pais como Francia o Alemania. Habiendo trabajado en varias ocasiones en este país, diría incluso que existe en estos lugares una sospecha natural hacia esta función. Lo que no ha impedido, otra ironía de la historia, que Noruega sea uno de los primeros países en tomar la decisión reciente de instaurar de manera oficial la enseñanza de la filosofía desde la escuela primaria. Mientras que en Francia dos propuestas cruciales han sido rechazadas: la de enseñar filosofía en la formación profesional, única sección de la secundaria donde la filosofía no es enseñada, y la de arrancar la filosofía desde un año antes, y no únicamente en Terminal, el año del bachillerato.
En estos dos casos simbólicos el argumento del rechazo fue más o menos el mismo: la enseñanza de la filosofía es la coronación de los estudios secundarios y los alumnos no están preparados todavía.
Ahora bien la expresión “coronación” no es aquí una broma, un término forzado o una caricatura, se trata de una expresión consagrada y referida al país de la República y de la diosa Razón. Y para mostrar la aberración de tal decisión, los mismos que la rechazaron, se quejan de la falta de interés por la filosofía, de la desafección de las secciones literarias y de la falta de lugares de empleo para los profesores de filosofía. Pero que quede claro que la concepción de la filosofía que opera aquí no es la misma que preside las innovaciones nórdicas, oposición que se halla en el centro de nuestra cuestión.
Pero de todas formas digamos , con el fin de no radicalizar las posiciones y a fin de mantener una posición dialéctica y no demasiado rígida, que algunos autores franceses, tales como Ferry, Onfray o Comte-Sponville, a quien no se les podría negar el calificativo de filósofo, incluso si no se aprecian mucho sus tesis, así como Sabater en España o De Botton en Inglaterra, se lanzaron también al ejercicio editorial de” la filosofía para todos” con cierto éxito, tanto en su país como en el extranjero. Y evidentemente si han sido en diversos grados elogiados por los medios, también han sido muy criticados por sus colegas filósofos. De una parte por su esfuerzo de vulgarización, empresa con adversas connotaciones, aunque también porque este tipo de obra procura naturalmente vehicular un estilo de sabiduría accesible a todos y subjetiva, más que una erudición pretendidamente objetiva, áspera y científica, o incluso una manera de ser o una actitud, más que un conocimiento, lo que explica sin duda el éxito de estas obras.
Así el espiritualismo ateo de Comte–Sponville o el hedonismo materialista de Onfray encontrarán naturalmente sus partidarios entre los lectores, tanto como sus detractores.

El café filosófico

Tomemos también otra fecha: 1992, el año del primer café filosófico y para la pequeña historia una anécdota contada por Marc Sautet, su iniciador. Había simplemente mencionado a raíz de una emisión en la radio pública, que se encontraba regularmente con algunos amigos el domingo por la mañana en el café “Des Phares”, para filosofar. Ahora bien cual fue su sorpresa al ver llegar numerosas personas el domingo siguiente, deseando participar en esas discusiones informales, situación inesperada que le obligó a organizar la conversación para integrar esos “nuevos amigos”. Pero si la ocasión fue algo accidental, el deseo de Sautet por una actividad filosófica democrática, le permitió aprovechar la situación y crear esta nueva institución informal, con el éxito que se le conoce y si la mediatización jugó entonces también un efecto no despreciable tanto en Francia como en el extranjero, es también porque esta iniciativa encontró inmediatamente un cierto entusiasmo. Por otra parte un periodista “oficial” de la filosofía: Roger-Pol Droit, después de haber vilipendiado durante mucho tiempo el café filosófico como un puro efecto de moda, reconoció varios años después que se había equivocado y que esta actividad estaba bien inscrita en el tiempo como un fenómeno duradero. Pero mientras nos situamos en este tema, permitámonos sin embargo un pequeño análisis que nos parece aclarar la problemática de la práctica filosófica en general. La reacción de la institución filosófica fue virulenta. La posición oficial fue a groso modo la siguiente: “Los cafés “filo”no son filosóficos, no pueden ser filosóficos, por otro lado no he estado nunca en uno, y no pondré nunca los pies allí”. Tengo el recuerdo de un universitario de provincia que decidió crear un lugar semejante en su ciudad, pero confesándome su “delito” me hizo prometer no difundir una información semejante. Al estilo de un burgués que no quiere que se sepa su asiduidad al burdel.

Dicho esto, es verdad que un cierto número de lugares llamándose así, podrían difícilmente merecer la etiqueta de ”filosófico” ya que se parecen más a una conversación que a un trabajo sobre el pensamiento. Pero así como puede decirse que los pintores domingueros pintan. ¿Por qué no sería lo mismo con la filosofía? ¿Tendrá ella en su esencia algo de sagrado? Puede ser… Pero sea como fuere, podríamos preguntarnos por qué los filósofos no se apoderan de esta nueva herramienta, por qué no invierten en este nuevo lugar, por qué no responden a esta demanda en vez de negarle de entrada la legitimidad, como se hizo de manera totalmente desconsiderada. Entre numerosas razones que no tenemos tiempo de tratar, veremos dos principales: en primer lugar la visión ascética, formal y erudita de la filosofía es lo que la hace ya tan poco popular entre los alumnos obligados a estudiarla, por otra parte el sentimiento de impotencia característico de la profesión, impotencia psicológica ligada a una negación o menosprecio del sujeto pensante “ordinario” frente a las vacas sagradas del pensamiento. La ausencia de respuesta de personas formadas en filosofía deja un vacío que fue llenado por aficionados a menudo poco claros. Aunque si esta observación es válida para Francia, donde pululan estos lugares en los que cualquiera se cree filósofo, no es el caso de un buen número de países, en los que los cafés filosóficos son animados fundamentalmente por filósofos. Así pues se puede comprender que la figura de Sócrates con su simplicidad e interpelación viva a todos, se convierte en la figura emblemática del movimiento, contra el elitismo de los sofistas defendiendo un estatus y un coto cerrado. Una consecuencia de esta oposición, que tuvo como efecto polarizar y radicalizar los espíritus, fue un cierto populismo rechazando la cultura filosófica, con el poder y la ascesis que ella encarna, tendiendo así a echar la soga tras el caldero.
La filosofía con los niños

Tercer ángulo de ataque del fenómeno de la práctica filosófica: la filosofía con niños. En 1969 Matthew Lipman, profesor de filosofía, un poco decepcionado de la enseñanza universitaria, observando las grandes lagunas de sus estudiantes en el plano del pensamiento, decidió crear un programa de filosofía especialmente para los alumnos del colegio “Harry Stottlemeier’s Discovery”.
Contrariamente a la manera más clásica de enseñar filosofía en secundaria, a menudo calcada del modelo universitario, acomete una importante innovación pedagógica: propone una narración permitiendo suscitar una reflexión en el alumno, con el fin de descubrir por él mismo y colectivamente los grandes conceptos y problemáticas del procedimiento filosófico. Se podría decir que las ”novelas lipmanianas“ son muy pedagógicas en el sentido en que el contenido es un tanto teleguiado pero hace falta aun con todo constatar que las situaciones presentadas provocan la reflexión, y que una reflexión es necesaria para descodificar lo narrativo, y pasar a lo meta-narrativo. Si Lipman encontró relativamente poco eco en su propio país, no fue lo mismo en el extranjero, ya que numerosos centros de filosofía para niños se crearon por el mundo a través del IAPC (International association of philosophy for Children). Algunos centros continuaron directamente en la línea del fundador, algunos tomaron sus distancias y otros especialistas fundaron su propia metodología o escuela de pensar, reencontrando iniciativas del mismo género dispersas por los cuatro rincones del globo, pero sea como sea un nuevo movimiento pedagógico había nacido, creando poco a poco sus propias cartas de nobleza.
Igual que con los cafés filosóficos , los especialistas de la filosofía criticaron la idea de un filosofar practicado por todos, sobre todo a una edad tan joven, ya que hoy es incluso en educación infantil donde se aplica a veces esta pedagogía. Y la ausencia de filósofos provocó el mismo fenómeno: favoreció la falta de exigencia de la práctica, hasta el punto que un buen número de maestros pretendiendo animar al niño a filosofar, no hacen más que invitarlo a un debate de opinión. Pero añadiremos aquí que sobre el plano puramente pedagógico, para algunos países donde solo el maestro tiene en teoría y en la práctica derecho a la palabra, el simple hecho de establecer un lugar para el pensamiento del alumno, es un logro pedagógico. Solo hace falta ver el Japón, donde se dieron cuenta que al llegar a la Universidad, los alumnos no sabían expresar sus ideas, y desde hace algún tiempo unos “talleres de discusión” han sido impuestos a los recién llegados.
Pero en ciertos países, tales como Brasil, Québec o Australia, un apoyo de las instituciones gubernamentales y universitarias se puso en marcha con los años, con un cierto número de resultados tangibles en contrapartida de la relativa novedad de estas prácticas. Se observará, no obstante, que existen varias tendencias en el seno de la filosofía para niños, con motivaciones y procedimientos que difieren según las orientaciones. Ellas se articulan tras las líneas de fuerzas siguientes determinadas por su primer anhelo: ético, cognitivo, lingüístico, político, social, psicológico, ecológico o existencial. Pero para algunos se trata principalmente de pertenecer a un movimiento pedagógico, que como todos los movimientos se cree maravilloso, visión ingenua pero característica de todo movimiento, en particular cuando se preocupa ante todo de mantener la agilidad, de expandirse y de ser eficaz, sin preocuparse demasiado de la cualidad y de la naturaleza de las acciones emprendidas y del trabajo efectuado.
Más allá de la filosofía propiamente dicha, estas innovaciones pedagógicas reencuentran la tendencia general articulada desde hace algunos años por la UNESCO: enseñar no consiste únicamente en transmitir un saber, sino también un saber ser, un saber hacer, un saber vivir juntos. Esta transformación de los paradigmas educativos tiene consecuencias diversas, conoce altos y bajos, esta crítica del “contenido” puede ser también el pretexto para el vacío, pero al menos el debate está abierto, incluso si a veces da rabia. Un problema clave sobre el plan de la formación, es saber si para enseñar a filosofar hace falta ser un especialista, a lo que se tiende en la actualidad, o de la misma manera que las matemáticas y la literatura, se puede enseñar en tanto que pedagogo generalista. Para ejemplificar el problema que esto crea, tomemos la enseñanza del “pensamiento crítico”, práctica de origen principalmente anglosajón que florece a través del mundo, oficializada por ciertos gobiernos como el de California. Se encuentra de todo y si ciertos programas son muy interesantes, otros parecen en efecto desprovistos de todo potencial reflexivo.
Sobre la vertiente ética, muy recientemente Luxemburgo ha adoptado el plan de estudios alemán (NRW) llamado “filosofía práctica” como base del curso de ética en la enseñanza secundaria, pero falta ver como se pondrán en marcha tales talleres, ya que es más difícil determinar y poner en práctica exigencias de pensamiento, que exigencias de conocimiento. Por otro lado, es una de las razones por lo que la mayoría de los programas de formación puestos en marcha por todo el mundo observan que una parte ínfima de los profesores intentan integrar a su pedagogía la dimensión reflexiva, más peligrosa e incierta, que “hacer el programa” y “seguir el manual”. El programa francés “la main à la pâte” (las manos en la masa), de inspiración americana, que consiste en enseñar a través de experiencias el método experimental, es una prueba. Si numerosos profesores reciben una formación y una maleta pedagógica, no quiere decir por ello que se lanzarán a una aventura semejante. Porque después de todo, los problemas pedagógicos se remontan a los problemas existenciales y sociales: existir es una empresa de riesgo que no siempre deseamos asumir y preferimos seguir los senderos marcados, las vías establecidas y no intentar cualquier cosa que pondría crudamente al día nuestras lagunas y nos reenviaría penosamente a nuestra propia finitud.

La consulta filosófica

Cuarto ángulo de ataque a la práctica filosófica: la consulta filosófica, bajo sus diferentes denominaciones. En 1981 Gerd Achenbach abre el primer gabinete oficial de consulta filosófica, donde recibe a lo que él denomina “un invitado”, una persona que desea establecer un diálogo filosófico sobre un tema o un problema que le preocupa. Para eso viene a ver a un filósofo para una discusión que le permitirá tratar, aclarar o resolver el problema que tiene. El filósofo ocupa desde ese momento la plaza reservada tradicionalmente al consejero espiritual, y más recientemente al psicólogo, incluso al coach. Aunque teóricamente la marca de comercio de la filosofía es trabajar el pensamiento y la existencia por la vía de la racionalidad, incluso de la lógica u otros instrumentos de pensamiento crítico, es decir, manipulando todo aquello que la filosofía proporciona como herramientas para escapar de uno mismo y constituirse como ser singular, movilizando todo cuanto le permita efectuar un cuestionamiento del ser. Aun así, en la vasta y vaga nebulosa de la práctica filosófica, si algunos filósofos prácticos tienden a intentar posicionarse en el rol de lo que se puede llamar un filósofo, otros no dudan en deslizarse alegremente hacia una función que correspondería más bien a la de un guía espiritual o religioso, a la de un psicólogo o un psicoanalista, o a la de un consejero de orientación. Digamos que si la línea roja entre la filosofía y las diversas actividades con ella relacionadas puede ser floja, algunos se adentran en este pantano como en una autopista sin aun ser conscientes de determinar la naturaleza de la actividad que conducen. Para Achenbach, el filósofo es un tipo de “maestro de la vida”, que a través de la entrevista que conduce con su invitado añade profundidad a su discurso, le ayuda a clarificar lo que se pone en juego en su existencia, proponiéndole varias interpretaciones de sus palabras y de los momentos de su vida que él evoca. No duda, como con un “amigo”, en evocar su propia existencia, para aclarar a su interlocutor. En este ámbito, Lou Marinoff, aunque haya divergido de Achenbach o gracias a ello, es sin duda el práctico más célebre, que tuvo un gran éxito gracias a su obra “Más Platón menos Prozac” best-seller en varios países. Americano y muy pragmático, pretende tratar los problemas de sus “clientes”, proponiéndoles un esclarecimiento de un autor específico susceptible de “resolver” su problema. Así varios prácticos propondrán entonces la sabiduría, el arte de vivir, la consciencia de uno mismo y de los otros, el consuelo, la expresión de sí mismo, la ética u otros, según las tendencias personales y culturales que les animan. Desde hace unos años, los prácticos se encuentran en varios coloquios internacionales por todo el mundo, y varias apuestas de tendencias y poder fracturan este movimiento por las razones habituales, algunas ideológicas, pero sobretodo y como siempre teñidas de egotismo intelectual y de preocupación financiera. El idealismo “practicista” reencuentra en ello la realidad algo sórdida de la tradición profesoral, entre dogmatismo y poder. Citaré como ejemplo un debate muy interesante al que tuve el honor de asistir, en el seno de una escuela que se llama “Diálogo socrático”, fundada por el filósofo alemán, Leonard Nelsen, donde se discutían aquellos que pensaban que se tendría que mantener el respeto a las reglas establecidas del procedimiento, y aquellos que querían adaptarlas al mundo de la empresa para venderlas mejor, debate eterno entre el fundamentalismo de los antiguos y el pragmatismo de los modernos.

Lugares comunes de la práctica filosófica

Como cierto número de prácticos, estoy implicado desde hace varias décadas en la práctica filosófica, lo que me permite como a otros intentar establecer un balance de estos años de compromiso y de observación. Intentaré en primer lugar discernir lo que hay de común en todas estas actividades, por lo que podrían caracterizarse de práctica y de filosófica. Son filosóficas en tanto que intentan en varias proporciones y en diversos grados, producir sentido a partir de fenómenos observados, en que invitan a expresar ideas, a compararlas, y analizarlas, admitiendo la relatividad, la imperfección o subjetividad de esas ideas, y de los esquemas que ellas encarnan, en lo que ellas cuestionan la realidad de lo que se sabe y se piensa, en que profundizan la causalidad, en tanto que experimentan lo que podría pensarse diferentemente, en que trabajan las condiciones de legitimidad de este pensamiento. Falta por ver si un trabajo tal, considerado como ideal regulador, está realmente llevado a cabo; pero esto podría ser dicho de la filosofía en general, y no se ve en qué habría aquí una forma distinta de filosofía, salvo sin duda la importancia netamente menor acordada a la historia de la filosofía. Es justamente en este punto donde los “guardianes del templo” hacen recaer toda la tensión y el reproche. Llegamos pues a lo que es característico de la práctica misma, en lo que son sus orientaciones, sus perspectivas, sus sensibilidades y sus lugares comunes.
El punto más extendido de todas estas prácticas queda en un claro primer lugar el ejercicio del diálogo, la presencia efectiva del otro, sea bajo la forma de una discusión, de un intercambio, de una confrontación o de un cuestionamiento. Esto se opone a una visión más monológica de la filosofía, la del pensador meditando en la soledad, o la del maestro discurriendo frente a un auditorio.
El segundo punto: derivado un poco del primero, es la importancia del cuestionamiento, ya que se trata teóricamente de descubrir lo que piensa el otro o de convertirse en otro el uno-mismo, es decir, de problematizar más que intentar sostener o apuntalar una tesis.
Tercer punto: siempre ligado al diálogo, la presencia de una subjetividad, de un sujeto real y confesado, en oposición a la articulación de un discurso que se fundamenta sobre una realidad objetiva y desencarnada.
Cuarto punto: la defensa de un “pensar por uno mismo” y un rechazo marcado del argumento de autoridad, en particular en lo que concierne a los autores consagrados, los que la filosofía académica considera como las vías y referencias incuestionables del pensamiento.
Quinto punto: ligado al precedente, un ideal democrático, una crítica al elitismo, rechazando el principio, que algunos tendrían más que otros, la legitimidad o la capacidad de pensamiento cuestionando a menudo el principio tradicional del maestro. Ello favorece evidentemente esquemas constructivistas más que unas formas de pensamiento a priori.
Sexto punto: una defensa de la ética en oposición a la moral, la dimensión convencional y arbitraria de todo imperativo de pensamiento, de palabra y de acción, determinación colectiva más que singular o universal, negando en este ámbito todo recurso a una trascendencia o revelación cualquiera.
Séptimo punto: un gran valor acordado a la determinación subjetiva , la de los sentimientos u opiniones, considerada como no reducible a una razón universal, a la lógica o a una verdad a priori, lo que podríamos llamar una visión psicológica del pensamiento. Asistimos así a un rechazo muy corriente y casi sistemático de los conceptos transcendentales clásicos, tales como lo verdadero, lo bello y el bien, prefiriendo dar valor a la emoción y la sensibilidad, consideradas más personales, más reales, y más sinceras.
Octavo punto: una crítica del conocimiento principalmente al de la tradición pero también a veces al de la experiencia, acordando una primacía epistemológica y ontológica al sentir y a las intenciones a modo de conclusión, si se quisiera caracterizar de manera general esta matriz filosófica podríamos calificarla como una mezcla de pragmatismo y de postmodernismo. Está claro que hemos pasado del reino de la trascendencia al de la inmanencia, incluso a la explosión y a la fragmentación. Al mismo tiempo el “yo pienso” se ha vuelto un “nosotros pensamos”, tan incoativo como sea este nuevo conjunto. Pero el análisis de los cambios de paradigma no es necesariamente reductible a una crítica ya que a fin de cuentas estas elecciones filosóficas son aceptables, pueden ser admitidas, aunque no sean necesariamente las del lector o las del autor.

Críticas y patologías

Se puede estar de acuerdo o no con los presupuestos o preferencias de la práctica filosófica, o de esta o aquella práctica específica. Pero vayamos ahora a los problemas, incluso a las patologías de la práctica filosófica. Ya que si nos parece que este movimiento está inclinado a percibir y denunciar los daños, aberraciones y absurdos de la filosofía académica, es bien evidente que está menos dispuesta a percibir y enunciar los suyos.

Lo primero es que con la excusa de aceptar la pluralidad de perspectivas, sufre una cierta tendencia a la glorificación de la opinión individual, y por este hecho, de una falta de espíritu crítico. Esto último es válido principalmente dentro de la relación que cada uno establece con sus propias ideas, aunque también en relación a las del otro, corolario natural de un pacto implícito de no agresión. Podríamos denominar subjetivismo a esta falta de capacidad crítica frente a la opinión individual, alimentando a veces incluso un cierto narcisismo o egotismo.
Lo segundo es que de este hecho, todo diálogo tiende a tomar a menudo la forma de un intercambio de opiniones, muy parecido al clásico debate actual televisado donde cada uno ”va a su rollo”, con muy poco rigor en la argumentación, la objeción y el análisis y muy poca problematización.
Lo tercero es la ausencia, el rechazo, el temor e incluso la denuncia del juicio, considerado como una amenaza a la integridad individual, ocultando la actividad por excelencia del intelecto: su facultad de discriminación. Esta prohibición del juicio favorece ciertamente una facilidad del intercambio, pero también envalentona la facilidad en el sentido negativo de la complacencia. Está claro, percibimos aquí una contradicción entre la idea de “pensamiento crítico” y la prohibición del juicio. Esto se manifiesta claramente por la ausencia de análisis crítico sobre la metodología en la mayoría de las prácticas filosóficas.
En cuarto lugar, los debates se basan más en las diferencias de opinión, que en la coherencia de los pensamientos enunciados o las condiciones de su articulación, faltando en este sentido profundidad de análisis y de trabajo a nivel meta. Y demasiado a menudo lo que cuenta es hablar, expresarse, compartir y se oscila aquí entre el pedagogismo, el psicologismo, el consumismo y el populismo.
En quinto lugar, bajo el pretexto de favorecer la empatía y las buenas relaciones, una preocupación más importante se otorga, a menudo, a las intenciones del discurso, que al discurso mismo, a sus propuestas y a su encadenamiento, con todo el abuso interpretativo y la falta de rigor y autenticidad que esto pueda conllevar.
En sexto lugar, se hace patente a menudo una prohibición de pensar, a través de la prohibición de interpretar, en el momento que esta interpretación es susceptible de engendrar un conflicto o una tensión. En efecto, está muy mal visto comprometer un análisis crítico a todo discurso de otro, con el argumento o el contra-argumento terrible de que “no se está nunca seguro” o puede que “nos equivoquemos”. Se convierte en prohibido avanzar hipótesis osadas y asumir riesgos.
En séptimo lugar, un deseo importante de estar en el “lado bueno”, de ser amable, de tener buenas intenciones y una buena conciencia, tiende a ocultar la apuesta importante de un debate o la fragilidad de un discurso, llegando incluso al punto de prohibir implícitamente toda proposición realmente singular, susceptible de romper el consenso en curso o la moral establecida.
Se percibe en ciertos medios, bajo formas diversas, una fuerte tendencia a lo políticamente correcto, sea en naturaleza, ética, psicología, ecología, política, u otros.
En octavo lugar, una actitud antiintelectual, más o menos anunciada, manifestada por el rechazo del concepto y de la abstracción, a favor de una preocupación más trivial, concreta y cotidiana encubierta sobre el supuesto de ser más próximo a lo” vivido”.
En noveno lugar, una actitud anticultural en razón de una primacía del individuo y del grupo restringido frente a la humanidad, la tradición o la universalidad, acompañándose de un rechazo del conocimiento y la objetividad. Pues si se puede apreciar la idea de que cada uno piense por él mismo, se puede dudar que cada uno reencuentre, por la potencia de su pensamiento personal, la amplitud y la riqueza de lo que ha producido la historia del pensamiento humano, lo que llamamos los clásicos, tesis que defiende la enseñanza de las humanidades. Aunque se pueda sostener también la idea – que se puede discutir- de definir así una visión más popular de la cultura, redefinición postmoderna de una cultura no clásica.
En décimo lugar, la crítica de la élite lleva a un cierto populismo demagogo bajo el pretexto de no dejar confiscado el poder a una minoría. Esto induce por otro lado a una cierta nivelación, y a que todo lo que amenace al grupo o a los valores establecidos sea considerado peligroso, comenzando por la palabra radicalmente singular.
En undécimo lugar, una cierta complacencia intelectual, por razones psicológicas o psicologismo, ya que se trata de no soliviantar al individuo en su quietud y no poner en peligro su identidad.
En duodécimo lugar, como buen número de prácticos en este ámbito, han conocido la filosofía no a través de una cultura general de la filosofía, sino por un teórico dado, o un iniciador particular, así como en un contexto específico, descubrimos una tendencia a cerrar el espíritu, observamos a veces un espíritu de grupo relativamente estúpido y hasta un cierto sectarismo, aunque desde hace pocos años, gracias a los foros de Internet y a los numerosos coloquios internacionales, esta ignorancia o este rechazo del “otro” parece poco a poco esfumarse. Es preciso decir que en este sentido ciertos teóricos o “maestros” han fomentado esta ignorancia incluido este temor de la diversidad. Me acordaré siempre de un especialista comentando públicamente que su “maestro” contenía toda la filosofía.
Por otro lado algunos “totalizadores” de la filosofía práctica se ignoran totalmente, se miran de lejos o no se tienen confianza el uno al otro. Así ciertos especialistas de la consulta piensan que los prácticos de la filosofía para niños, solo son pedagogos, no filósofos, y estos últimos piensan que los consultores solo son psicólogos o coachs. La idea de nuestro coloquio era mostrar la transversalidad de las prácticas, pero esto suscitó un buen número de resistencias e incomprensiones en algunos de los participantes.
Por último, se observa regularmente una cierta tendencia ”new age”, en la que todo el mundo es maravilloso, niños y adultos, en particular si los adeptos están de “nuestro lado” o son de “nuestra escuela de pensamiento”. No se duda entonces en producir un discurso impregnado de hipérboles, de expresiones elogiosas, de superlativos, que acompañan en general un cierto rechazo de lo real, del análisis, de la crítica, frecuentemente acompañada de una negación de la dimensión trágica de la existencia. En ocasiones esto está ligado a la venta de un producto, de un maestro o de una escuela, cuando la etiqueta o la identidad de un proyecto acaba importando más que su propio contenido.

Competencias filosóficas

Pero en fin, más allá de la identificación de los problemas y del análisis crítico, estamos también en una perspectiva práctica y sin tomar necesariamente la perspectiva del pragmatismo, en tanto que escuela del pensamiento, nada nos impide esbozar una resolución de los problemas, herramientas, a la vez, pedagógicas, existenciales y conceptuales. Y la filosofía clásica, aunque a menudo no sea percibida bajo este ángulo, nos ofrece un cierto número de instrumentos completamente útiles, de hecho, para operar en nuestra obra. Eso nos permitirá quizás mostrar como reconciliar la historia del pensamiento y el pensamiento por sí mismo. Esta lista está lejos de ser exhaustiva, ya que se reduce a cuatro pequeños ejemplos, que aunque cruciales, representan solo algunas muestras de lo que nos ofrecen nuestros ilustres predecesores. Por otra parte debemos recordar a los poseedores del clasicismo y de las humanidades que el trabajo metodológico desarrollado por varios filósofos a través de la historia, sea Platón, Aristóteles, Descartes, Hegel o Russell, nos invitan a hacer el duelo de nuestros predecesores, para concebir la filosofía a través de unas competencias y un camino, más bien que a través de una erudición y de unas referencias librescas de las que son bastante críticos.

Estos autores nos ofrecen, por otro lado, el mejor fundamento teórico para una práctica filosófica, y en este sentido el cambio de paradigma al que asistimos no lo es verdaderamente. Recordemos al menos que si hacer “tabula rasa” del pasado, es una tradición muy filosófica, siempre hay que apostar por el rigor del ejercicio, no se trata nunca de caer en la complacencia. Veamos pues algunas sugerencias en este ámbito.
Primeramente el trabajo sobre la negatividad que recomienda Hegel. Parte integrante del proceso dialéctico, es la condición de acceso a lo real y a un pensamiento digno de su nombre. Ya que una cosa, una idea, una realidad, es tanto lo que no es, como lo que es. La realidad del mundo y del pensamiento es una dinámica, una superación que reposa sobre el hecho que nosotros podemos considerar y afirmar la negación de lo que hemos sostenido. Todo se construye a través de una multiplicidad de relaciones que son a la vez transformaciones, negando así toda identidad rígida. Esto llega hasta a afirmar de la esencia del ser que es idéntico a la nada. Se admitan o no los fundamentos del pensamiento hegeliano, pasar por la exigencia de la negatividad, es un excelente ejercicio que nos permite escapar a nuestros presupuestos, condición misma de un trabajo del pensamiento, como experiencia de pensamiento. Nos permite escapar al dogma rígido de nuestra propia opinión o de nuestra propia subjetividad, aceptando o produciendo nuestra propia alteridad.
En segundo lugar, la relación de necesidad entre intuición y concepto que recomienda Kant. No hay concepto sin intuición, ni intuición sin concepto. Ya que muy a menudo producimos ejemplos sin pensar en el contenido, sin traspasar la singularidad de un hecho particular para pensar la universalidad o transversalidad de éste. Nos aferramos a lo concreto sin osar pensar la unidad de la multiplicidad que determina y significa la abstracción. Numerosos discursos o conversaciones caen así en el mal infinito de la lista de ejemplos, sin poder ir nunca más allá, por imposibilidad de unificar la experiencia a través de la producción de hipótesis. Pero a la inversa es igualmente verdad, en particular en los filósofos, aunque también en el discurso cotidiano. Producimos unos conceptos, convocamos unos términos, y pretendemos definirlos para determinar la realidad, siendo incapaces de dar ejemplos para asegurar la realidad de su contenido. Este movimiento permanente entre concreto y abstracto, universal y particular, nos permite concienciarnos del contenido de nuestro discurso y de lo que escuchamos.
En tercer lugar el rechazo de la evidencia preconizado por Sócrates, Lao-Tsé y muchos otros. Cuando Platón hace decir a alguien que algo es evidente indica una trampa que Sócrates va a tender a su interlocutor y al pobre lector ingenuo que somos nosotros. En oposición, por otro lado, a lo que hará Aristóteles, como buen padre de la ciencia, para quien la comunidad de aceptación es un criterio de validez. El padre del taoísmo nos afirma también que “cuando todos dicen eso es el bien, eso es el mal. Cuando todos dicen eso es bello, eso es feo.” Ya que la verdad, lo bello, o el bien, se encuentran siempre en otra parte, nunca donde se cree establecido y es así en esta alteridad radical donde ellos encuentran todo su interés. Este “en otra parte” no es nunca uno de los dos términos de la alternativa, afirma Nagarjuna el gran filósofo budista, ni su afirmación común, ni incluso su negación común, sino otra cosa. Esto nos protegerá quizás, igual de lo filosóficamente correcto, de la terrible sinceridad que nos hace afirmar las cosas más enormes con la mejor conciencia del mundo.
En cuarto lugar, la razón común, la cosa del mundo mejor repartida, según Descartes. ¿Cómo proteger nuestro pensamiento del monólogo, del solipsismo, sino enfrentándose a algo que lo supere, a lo que tenemos acceso, pero que muy a menudo no lo ponemos en práctica? Ya que por qué este buen sentido, esta razón, que nos vanagloriamos de poseer, que ciertamente es la facultad que nos permite que nos comprendamos cuando nos hablamos, que nos permite también discernir las incoherencias y las inconsistencias de un discurso, no nos impide cometer los peores errores del pensamiento, cómo no nos damos cuenta de ello al momento que hablamos o escuchamos, más tarde o nunca. El camino científico que nos propone Descartes a través de su método científico, sus diversas reglas de pensamiento, nos permiten trabajar sobre nuestras opiniones y examinar en qué tienen ellas alguna validez. Ya que permitimos muy a menudo mantener un discurso fundado sobre una pura intención, sin saber ni osar valorar el contenido hacia alguna universalidad, permitiéndonos arrancarnos de nosotros mismos, alinearnos, con la finalidad de comenzar a pensar. En efecto, la lógica permite escapar de uno mismo, de reemplazar la subjetividad por la racionalidad, lo personal, por lo universal, y es su crítica del deseo y de la familiaridad, lo que la hace tan impopular.

¿Es filosófica?

Más allá de las proposiciones de resolución sacadas de la historia del pensamiento, las críticas que hemos formulado pueden parecer duras, pero al mismo tiempo nada de todo eso nos parece irremediable. La vida intelectual se habrá visto en peores. Podemos preguntarnos si la práctica filosófica es muy filosófica, pero podemos también poner la cuestión a muchas otras formas de filosofar, como sería el academicismo estéril, heredero de la escolástica. Y en lo concerniente a la práctica, una parte importante de la responsabilidad, incumbe, por otra parte, a los filósofos mismos, que rechazan llenar estos campos, desde ese momento abandonados a los pedagogos, a los psicólogos, o a cualquiera, a quien no se sabría reprochar el interesarse por la filosofía y aventurarse en ella, ya que es un asunto de todos y no pertenece a nadie. Es una tecnicidad del filosofar, que se trabaja y se aprende, y, en el peor de los casos, se podría tachar a nuestros entusiastas de un cierto romanticismo, sospechosos de buscarse un suplemento de alma a través del ejercicio filosófico, pero no se sabría en qué medida deslegitimar su proceso, solo queda educarlo, a despecho de las dificultades puestas y de las resistencias manifestadas. Y no estamos seguros que la práctica filosófica sea tanto más generosa que la filosofía tradicional, contrariamente a nuestras pretensiones: encontramos las mismas inquietudes personales que priman sobre la autenticidad, las mismas agendas particulares que ocultan o disfrazan el interés general, las mismas defensas exacerbadas de coto restringido, las mismas angustias de ser olvidado y de no existir más, etc.

Pero pararemos aquí esta lista de cargos porque los excesos de la postura que intentamos criticar y sacar a la luz deben estar más o menos claros. Digamos también que las maneras de ser dadas conllevan las aberraciones que les afectan, igual que ciertas cualidades conllevan ciertos defectos. Por otra parte, porque se trata de una alerta y no de una condena. Aunque algunos argumentos evocados, soy consciente, que son los de los oponentes de la práctica filosófica, aquellos por ejemplo de los filósofos patentados que en Francia nos tratan de pedagólatras, o de sofistas en busca de fortuna, sin embargo me parece útil percibir como estas acusaciones, como la mayor parte de acusaciones, contienen una cierta parte de verdad, aunque claro, nos obliguen a enfocar una perspectiva que no es la nuestra y hay el riesgo de desconcertarnos. Trabajo de negatividad, diría Hegel. Me parece que el desafío para nuestro movimiento, ya que en este sentido filosófico o sociológico, se trata claramente de un movimiento, es justamente no caer en el dogmatismo que denunciamos. Porque más allá de las posiciones que podemos criticar, la de una vana erudición o un elitismo forzado, es el dogmatismo, el que se encuentra en el centro del problema, el que siempre encorseta e impide pensar, esta rigidez de espíritu que impide oír y problematizar. Además las patologías o excesos que hemos mencionado no son sistemáticas ni propias de cada uno, no es necesario defenderse o protestar por ello, sino únicamente ser consciente. Por añadidura, algunos de estos problemas pueden entrar en contradicción los unos con los otros, según los prácticos, las escuelas de pensamiento, pero también según las culturas donde se desarrollan y operan, las aberraciones y las dificultades no serán las mismas. Si en Francia la tendencia es fuertemente la del maestro que conoce de antemano las respuestas correctas y la discusión se convierte en una cosa sospechosa, en Noruega nos encontraremos más bien con un maestro que no se concede el derecho de obligar a los alumnos a pensar y los alumnos no osan distinguirse del grupo. Si en Estados Unidos el pensamiento hipotético deja mucho que desear, en Bélgica se encuentra una fuerte tendencia al moralismo. Si en Bulgaria los otros no pueden estar nunca de acuerdo con nosotros, en España es necesario aceptar todas las opiniones y no criticarlas; ya que según las culturas, a la manera de las corrientes filosóficas, el individuo y el grupo, la teoría y la práctica, el pluralismo y la verdad, no se articulan de la misma manera, las fuerzas y las lagunas no son idénticas. Sea como sea, algunas de estas observaciones son las de un partidario que desea que nos conduzcamos de la mejor manera, pero incluso si fueran las de un enemigo, más aun quizás deberíamos oírlas. Porque nos parece que vivimos un momento histórico, en el plano del pensamiento y de la historia de la filosofía, y que no debemos merecer la crítica de Friedrich Schiller, cuando decía sobre la Revolución Francesa:”Un gran momento ha encontrado un pequeño pueblo”.
Y a modo de conclusión, para justificar nuestro coloquio, avancemos la idea que la muerte de la filosofía, si es que tal muerte puede ser considerada, reside en su ausencia de vida y de pluralidad, ya que la esencia de la filosofía reposa sobre la alteridad, en un cuestionamiento tan radical, como insoportable. Y ya que Sócrates está de moda, recordemos que el gesto inaugural del filosofar es el asesinato de Sócrates, que ya no aceptaba los dioses constituidos, los esquemas rígidos o las ideas establecidas.