Los conceptos espantapájaros
por Oscar Brenifier

Traducción Mercedes García Márquez

Desde hace mucho, de manera más o menos explícita, hemos ido conduciendo consultas filosóficas, informales, relativamente estructuradas. Con el tiempo hemos formalizado esta práctica. Sin embargo, desde la decisión de  “oficializarla”, tuvimos que descubrir que se da una cualidad específica en las consultas que se anuncian como tales, sin duda debido al tono teatral del contexto, a la marcada puesta en escena que incluye el gesto que representa el intercambio financiero y lo que eso supone. Lo aprenderíamos descubriendo, en una de nuestras primeras sesiones “oficiales”, un principio crucial que se reveló enseguida muy útil. Algunos años más tarde, denominamos ese principio: el “concepto espantapájaros”, “concepto fantasma” y también “agujero negro del pensamiento”.
 
Todo para ser feliz
Una de esas primeras consultas formales fue la visita de un hombre que planteó la pregunta siguiente “Tengo todo para ser feliz, ¿Por qué no lo soy?”. Este hombre, de unos sesenta años, era médico y se describía, en efecto, como teniéndolo todo para ser feliz: “Una existencia sin demasiadas preocupaciones, una familia feliz, una vida profesional y social de éxito, viviendo con desahogo material y llevando incluso una actividad artística gratificante…” Sin embargo, no llegaba a encontrar la felicidad, llegaba incluso a sentirse de vez en cuando muy desgraciado. Esto no le impedía funcionar, ni siquiera le obsesionaba de manera enfermiza: cuando hablaba, tenía incluso un cierto desapego en la observación de esta contradicción relativa a su funcionamiento psíquico. Deseaba, de todos modos, comprender la naturaleza de este hecho, deseo que le perseguía de algún modo. Como le pregunté por aquello que en su existencia le hacía más feliz, me respondió que la música. Le pedí que precisara y me explicó que tocaba la flauta travesera, que hacía parte de un conjunto de música de cámara y que participaba de vez en cuando en algún concierto. Cuando tocaba la flauta, me confesó, le parecía encontrar en sí mismo una paz, desprovista de toda sombra, que no encontraba en nada más. Puesto que ahí se encontraba el secreto de la felicidad de este hombre, decidí profundizar en la naturaleza de aquello que le hacía tan feliz. “¿Qué es lo que le hace tan feliz cuando toca la flauta?” le pregunté. Su respuesta fue un poco sorprendente. “Lo que más me gusta, es el tecleo, el movimiento de los dedos sobre las teclas, y la sensación de fragilidad de la columna de aire en el corazón de la flauta que se hace palpable como un ser vivo”. Había notado desde el inicio de la conversación, el marcado empleo que hacía de diversas expresiones de tipo material u orgánico para expresarse o responder a mis preguntas, pero en este momento, me resultó más chocante. La descripción de la música como una actividad exclusivamente física, pues así describía el hecho de tocar aquel instrumento, resultaba un tanto sorprendente. Le pregunté que qué  música tocaba, puesto que no hablaba de ello, contentándose con describir su relación con un objeto material erigido en ser viviente. “¿Qué le gusta tocar principalmente?”. Sin dudar, me respondió “Mozart”. Entonces ¿Mozart se resume a un tecleo y a una columna de aire? Me miró de una manera extraña, casi incrédula ante una pregunta tan descabellada, y aceptó de todos modos responderla. “No, ¡Mozart, es mucho más que eso! Mozart….” No terminó la frase y se quedó pensativo. Le animé: “No ha terminado su frase, ¿Qué es Mozart?” Hizo como si saliera de una profunda ensoñación, esbozó un gesto con la mano para darse ánimo o sostener sus propias palabras, diciendo “Mozart, es…” Pero no terminó su frase, el gesto se interrumpió, su mano se paralizó en el aire, y la dejó caer pesadamente ya que las palabras no le venían. El color de su cara cambió, sus rasgos estaban un poco descompuestos, y su cuerpo se hundió lentamente en el asiento. Aquel hombre no era el mismo, había visto algo, algo cuya naturaleza exacta yo ignoraba, algo que podía solo presentir. Ciertamente no me había respondido, y evidentemente no podía responder en su lugar, podía vagamente imaginar de lo que se trataba. Pero él había percibido el “problema”, verdadero pozo sin fondo en su pensamiento: la ausencia de respuesta es a veces una respuesta tan consistente como una “verdadera” respuesta: la ausencia se debe a menudo a una presencia todavía más plena y más formidable que la presencia efectiva. Lo vacío dice a menudo más que lo lleno, tanto para las palabras como para las personas.

Tuve que replantear la pregunta, varias veces, sin obtener respuesta. Pero lo importante era que para ese hombre la toma de conciencia, estaba ahí, aunque no estuviera todavía preparado para nombrar el objeto o el fenómeno en cuestión. Replantee varias veces la pregunta en el transcurso de la conversación que siguió, de diferentes maneras: “¿Qué hay en Mozart, más allá del tecleo y la columna de aire?” A veces la  esquivó completamente, habló de otra cosa, como si no hubiera escuchado, otras veces me miró y no respondió nada. Aquel hombre reposado que al principio de la entrevista respondía a todas mis preguntas sin demasiado problema, no estaba del todo allí. Más tarde, dada de la experiencia, tuve que aprender a alejarme de una pregunta demasiado cargada para luego poder volver, muy naturalmente, pero por otro lado. En este caso, quise demasiado una respuesta, de manera demasiado directa. Aunque visto en general, no constituía un problema: él había visto lo que ahora denomino en esos casos “su fantasma”, la realidad que le era problemática. Simplemente, con un abordaje sutil o preciso, habría podido llegar a nombrarla, lo que le habría sin duda permitido reconciliarse con ella. Aunque todavía hoy dudo de la posibilidad de ese resultado, ya que aquél hombre había tenido que hacer tanto para negar esa realidad que le era muy difícil convocarla de una manera tan directa.

Tentativa de explicación

Hoy en día analizo la situación del siguiente modo: había sido formado como médico, lo vivo tenía que ser para él un concepto importante, incluso antes de sus estudios, como para decidir consagrar a ello su vida. Escuchándole, utilizaba muy naturalmente metáforas y explicaciones orgánicas, más incluso que lo que su formación pudiera explicar. Otras veces me he encontrado con médicos que aunque tenían esa tendencia no la manifestaban de una manera tan marcada. Por otro lado, vehiculaba una visión médica más bien organicista, es decir material, en la que la visión primera es la de los órganos, que funcionan o no funcionan, es decir una medicina de lo visible, clásicamente francesa, casi mecánica, en la que prima la materialidad y no el proceso o lo psicológico.

Seguimos un principio de Spinoza, muy útil en el trabajo de consulta filosófica, de que toda afirmación es una negación, que elegir algo es rehusar otra cosa, elegir un concepto o una explicación, es rehusar otro concepto o una explicación, por mucho que no les plazca a los adeptos contemporáneos del pensamiento inclusivo, al que habría que llamar pensamiento todopoderoso: el de los que piensan que todo está en todo, y también lo contrario. Ya que en su finitud, en su parcialidad y su imperfección, el hombre hace elecciones y aquello que no elige dice tanto o más de sí mismo que lo que escoge, siendo como es el abanico más amplio.

De modo que este médico, haciendo primar en su vida lo orgánico y lo material, intentaba aparcar en el olvido una realidad otra, que podríamos denominar según las circunstancias, las personas y las culturas: metafísica, espiritual, mental, divina u otra. Ya que los conceptos tienen en general varios contrarios u opuestos, que cuando los pronunciamos implican una elección que viene a clarificar el término inicial. De este modo si nuestro hombre hubiera optado “abiertamente” por esta “otra” realidad, calificándola o determinándola, nombrándola habríamos sabido de manera más precisa cual era esa realidad que rechazaba, pero también habríamos precisado la naturaleza de la realidad en la que se había afianzado, por imagen especular interpuesta. Pero no habiéndolo hecho no tenemos nada más que una noción aproximada aunque sustancial de lo que rehuía.

Ahora bien si volvemos a la pregunta inicial que el planteó “Tengo todo para ser feliz, ¿Por qué no lo soy?” ¿Qué podemos concluir? Intentemos una interpretación “salvaje” del asunto. Sobre el plano material, en los dos sentidos del término, financiero y práctico, tengo todo lo que me hace falta, estoy colmado, reconocido, no tengo nada que pedir. Sin embargo tengo necesidad de otra cosa, de algo “otro”, otra cosa que prefiero ignorar, cuya existencia no quiero conocer, un deseo que no sabría reconocer si no es bajo algún disfraz, tanto por lo que se refiere a su articulación como por lo que respecta a su satisfacción. Y esa cosa que denominaremos “inmaterial”, puesto que no la reconocemos más que por su negación y no por la afirmación de su identidad, constituye la necesidad más acuciante, véase la única necesidad, puesto que el resto está satisfecho. Y es que el deseo es necesario para vivir, sin él estamos muertos, la vida es deseo y satisfacción de deseo. He ahí pues un hombre, apremiado por la vida, negando su propia vida puesto que niega su propio deseo y procura ignorarlo. De algún modo lo satisface, aunque sea de manera disimulada, pretendiendo que es otra cosa que lo que es: esconde lo inmaterial bajo el manto de la materialidad, puesto que así describe o explica su actividad musical. Y estando el objeto del deseo velado, escondido, negado, la satisfacción no puede ser sino frustrada. De todos modos, anunciada y clarificada, resultaría también frustrada, pero al menos habría una reconciliación de él consigo mismo, mientras que ahí, esta reconciliación es imposible y el rechazo de si produce un dolor que a veces puede resultar lacerante y penoso. Esto es comprensible, puesto que una parte entera de sí mismo es negada, amputada, lo que, de paso, no es buena cosa para un espíritu organicista para el cual el ser debe estar completo, integrado y reparado para estar realmente vivo. Tenemos así una forma de suicidio parcial o de autodestrucción. Pero para que haya reconciliación, haría falta identificar los presupuestos sobre los cuales ha estado fundada la existencia, el compromiso existencial – en este caso, primacía y exclusividad de lo orgánico y lo material- y admitir el lado incompleto de esta exclusividad. ¿Pero cómo abordar eso para un hombre de sesenta años, que toda su vida se ha esforzado en concentrarse en una sola vertiente de su ser? Habiendo conseguido colmar de manera satisfactoria y con brío, las necesidades múltiples y diversas de esa parte de sí mismo erigida en ídolo, ahora tendría que admitir que habría sido una forma reducida y rígida. No se trata solo de la puesta en cuestión de sí mismo, si no del reconocimiento social,  la gloria que se ha procurado a lo largo de los años, su estatus, su personalidad, la mirada del prójimo, su existencia entera, que se ha organizado, cristalizado alrededor de una negación.

Curación o no

No obstante, hay una diferencia entre una andadura de naturaleza psicológica y una andadura de naturaleza filosófica, si nos permitimos generalizar así. En nuestra perspectiva, no existe ir a mejor, no hay nada que curar, no hay ni siquiera un atenuar el sufrimiento, no porque esa dimensión terapéutica o paliativa esté excluida, si no simplemente porque no es la finalidad. Que haya problema, que haya sufrimiento, véase incluso patología, no lo negamos y esos términos son utilizados para caracterizar lo que pasa, pero no he de “curar”, no soy “terapeuta”, aunque la práctica filosófica pueda tener una dimensión terapéutica, y que periódicamente los clientes nos anuncien que han encontrado en nuestra práctica un cierto bienestar o una atenuación de su sufrimiento moral. Es cierto que una persona viene a vernos, en general, porque un problema le atenaza, es cierto que algunos colegas se llaman a sí mismos terapeutas; ciertamente el consuelo o la búsqueda de la felicidad son términos familiares de la cultura filosófica; pero también es verdad que no es así como concebimos la práctica. En esto estaríamos de acuerdo con Spinoza: no  porque busque la felicidad la voy a encontrar. Podría decirse lo mismo del problema: no porque busque la “solución” éste será resuelto. Las soluciones son a menudo como los taparrabos, refugios para protegerse del problema. Resolver a toda costa el problema es, por otro lado, una visión reductora, que remite a una fobia hacia los problemas. Desde nuestro punto de vista, la filosofía es un arte de lo otro, es el lugar de la alteridad, de lo inesperado y de lo impensable. Para filosofar, en cierto modo, no hay que saber lo que se busca. Se puede ciertamente resolver un problema –no  hay  razón a priori para excluir esta posibilidad- pero se lo puede también aceptar, ignorar, percibir su naturaleza risible, aprender a amarlo, comprender en él la dimensión constitutiva del ser, se puede sublimar o trascender, todas son maneras de tratar un problema, pero para ello, para encontrar el camino apropiado, hay que abandonar toda veleidad específica, que subordinaría la reflexión a una finalidad predeterminada y nos impediría ver lo que pasa. Porque la palabra maestra, si hay una, es para nosotros la conciencia:  ver, percibir, distinguir; en nuestra perspectiva es ahí donde se da el anclaje, lo no-negociable, incluso cuando el sujeto nos confiesa a fin de cuentas, explícitamente o no, que no desea ver. Y es que se da cuenta de que hay algo ahí que prefiere no ver. Ha visto, ha perdido esa virginidad facticia cuya naturaleza ignoraba, y si desea reencontrar lo originario, si añora el jardín del Edén y desea retornar, lo hará con conocimiento de causa, incluso si consigue más o menos olvidarlo en segunda instancia. Por eso Sócrates nos invita a buscar lo que buscamos sin saber qué es lo que buscamos: no debemos decidir de antemano lo que buscamos, la naturaleza del objeto buscado está por determinar. Debemos trazar nuevas pistas a partir de indicios, y descubrir poco a poco el objeto de la búsqueda, sabiendo que ese objeto no es un ídolo sino un icono; no constituye la sustancia, no representa lo incondicionado, es únicamente reflejo y circunstancias. Y si el médico de la sesión comentada no nombra esa dimensión que le habita, pero que rehúsa habitar, no estamos ante nada extraordinario. Para Schiller, el hombre es preso de la tensión entre lo finito y lo infinito, se encuentra en el cruce de dos dimensiones antinómicas, fractura del ser. Hay en eso una especificidad humana. Los animales no están nada más que en lo finito, los dioses solo conocen lo infinito, nos explica Platón, ni los unos ni los otros  tienen necesidad de filosofar. Este choque entre la finitud y lo infinito se halla en el corazón de la historia humana, historia singular e historia colectiva, en el corazón del drama humano, drama singular y drama colectivo, y no veo  como se podría escapar y curarse de él, no más que lo que sabríamos escapar de ser mortales o de ser humanos, dos enfermedades constitutivas de nuestra existencia. De manera irónica, podríamos decir que sólo las podemos curar por su cumplimiento. Como también se podría hablar de que la curación del cáncer se da porque llega al final de su proceso. El hombre es su propia enfermedad, nos indica la filosofía ¿Qué se pretendería curar?

¿Qué va a hacer nuestro médico al salir del despacho del filósofo? ¿Va a escapar del cuestionamiento? ¿Va a esquivar la toma de conciencia? No sé y no es mi preocupación, así parezca cruel e inhumano. No me interesa nada, o bien me interesa en un plano puramente anecdótico, pero no es objeto de preocupación por mi parte. Ha venido, ha visto, no ha dicho, pero ha percibido, ha reconocido: ¿Qué más hacer? Le hemos invitado a nombrar al fantasma, ha preferido no invocarlo. ¿No estaba preparado? ¿No está hecho para ello? ¿No lo desea? No tengo que saberlo en su lugar, no tengo que decidir por él, querer por él. Ha venido al baile, le hemos invitado a bailar, ha querido hacer solo unos pasos y ha abandonado, ha podido ser por miedo, o bien porque ha decidido que el baile no era actividad para él. El presupuesto de la entrevista filosófica es el libre consentimiento: tenemos ahí un individuo autónomo, del que podremos pensar lo que queramos, pero lo importante es únicamente lo que piense de sí mismo, lo que piense por sí mismo, lo que piense a partir de sí mismo, aunque sea que a través de mis preguntas le esté invitando a pensar un poco más lejos, a pensar al lado, a pensar de otro modo. Le invité a ver, y habrá visto lo que haya podido, habrá visto lo que haya querido ver. Se habrá desencadenado un proceso que durará lo que dure. Ni más ni menos.

Verse y escucharse

Dicho lo dicho tengo que confesar que en nuestra práctica no somos neutros: tengo en efecto un anhelo que no es totalmente indeterminado, sin el cual no habría práctica digna de ese nombre o su naturaleza sería inconsciente. Por otro lado tenemos cierto recelo hacia aquellos que no saben cómo operan, aquellos que bajo pretexto de libertad y de creatividad pretenden que según los casos trabajan de forma diferente, como si para cada persona todo cambiara. Simplemente no osan confesar o identificar sus anclajes filosóficos, tanto desde el punto de vista del contenido como desde el punto de vista metodológico. Esa imprecisión artística no es más que un pretexto para las peores aberraciones, para la inconsistencia y el narcisismo. Siendo que para nosotros el concepto maestro es la conciencia, y preocupado por ello nos hemos dado cuenta de que había un problema práctico. En el ánimo de que el sujeto que consulta vea lo que pasa, nos hemos dado cuenta de que durante la sesión no podía verlo, porque estaba concentrado en las preguntas y en las respuestas que debía producir. No se veía a sí mismo respondiendo, como tampoco me veía preguntándole. Atrapado en el paso a paso, no tenía una perspectiva general que le permitiera ir más allá en la andadura, o sea ver mejor. Y con más motivo hacia el final de una hora de sesión, momento en el cual el sujeto anda en un estado de disonancia cognitiva, un poco patas arriba, por haber transitado lugares extraños, y le resulta casi imposible recordar lo que ha pasado. Sin embargo deseamos para él, que pueda conocerse a sí mismo y sacar provecho de su trabajo filosófico, además de que vea como hemos hecho el trabajo, para que comprenda que no hay ningún juego de manos, y con el fin de que reconozca algunas operaciones de base del pensamiento que podrá él mismo reutilizar. Así fue como propuse al principio grabar la sesión, y más adelante, resueltos ciertos problemas técnicos,  propuse su grabación en video para que pudieran ver más adelante el intercambio. Pero para mi sorpresa –la ingenuidad no tiene límites- me di cuenta de que la mayoría no quería escuchar o ver esas grabaciones, aunque solían confesarlo entre confusas excusas. Las diversas veces que he obtenido alguna explicación a este fenómeno, además de las de “no he tenido tiempo” o “lo haré pronto”, han girado en torno a un sentimiento de ineptitud personal ligado al ejercicio. Y eso me ha sido confirmado por varios clientes que han encontrado el valor –y el tiempo- de verse o de escucharse, que me han confesado encontrarse “idiota” o “incapaz de responder a las preguntas”. Y al mismo tiempo aquellos que habían invitado a una persona cercana a compartir ese momento han relatado que éste último no tenía la misma percepción, si no que a menudo encontraba el ejercicio revelador e interesante para la persona concernida. Lo que confirma una hipótesis muy útil para el trabajo en grupo: los otros son más conscientes que nosotros mismos de nuestros propios límites; tienen menos que perder y acceden mejor a verlos, además suelen estar habituados a ellos. Los otros nos conocen mejor que nosotros mismos, este es otro postulado que me distingue de numerosos terapeutas. Pero más recientemente, hemos comenzado a invitar a la persona a venir a analizar juntos el video de su consulta, de modo a superar ese primer paso, impresionado, vergonzoso o temeroso, para intentar descubrir juntos el sentido que ha emergido.

Rechazo de si

Dos incidentes son ilustrativos de ese rechazo de si de manera muy clara. La primera concierne a un hombre de unos treinta años, que vino a plantear una cuestión muy práctica ¿Debo volver a realizar estudios? Al cabo de un cuarto de hora de intercambio, el problema de fondo, el problema detrás del problema –o por lo menos un problema detrás del problema- apareció claramente, como siempre en boca del sujeto: con sus propias palabras. De hecho, deseaba ser amado y  la vuelta a los estudios era una estrategia concebida como herramienta de éxito personal y social que le permitiría por fin ser amado, o mejor amado, o más amado. Cuando esta persona escuchó sus propias palabras, después de un instante de vacilación en el que se quedó parado, se levantó brutalmente, furioso y declaró que quería irse, que “ya tenía bastante”, expresión por lo demás muy interesante, que expresa tanto el fastidio como la saturación o la satisfacción. Para alguien que oye estas palabras “quiero ser amado” sin ser parte implicada del drama interno de esta persona ¿Qué podrían tener de extraordinario? Querer ser amado, desear ser más amado o mejor amado, ¡Lo más normal del mundo! Pero para esta persona, esta declaración era un verdadero drama. ¿Porqué? ¿Cuál era su historia? Una vez más pareceremos inhumano o cruel, pero la narración de lo vivido no es nuestro asunto, el origen histórico no nos interesa: diríamos incluso que es a menudo engañosa, o por lo menos que oculta la realidad presente del sujeto. Este hombre no soportaba oírse decir que quería ser amado, ese lado sentimental o emocional de si mismo era impensable, insostenible. Y es precisamente el lugar de la resistencia lo que nos interesa: cómo este hombre es antes que nada un ser vivo, con deseos, fragilidades, temores, que el hecho de filosofar intenta tratar, resolver u ocultar, transformar o anonadar, meter el dedo en la llaga de la resistencia, obtener una reacción, hacer visible la vida detrás de la palabra, el espíritu detrás de la letra, el sujeto detrás del objeto. Al igual que el médico da un ligero golpe de martillo en la rodilla para examinar la reacción y la vivacidad, el cuestionamiento intenta buscar los puntos neurálgicos del pensamiento y del ser. Ahí donde se resiste está el ser, el ser como patología, el ser como modo de ser, el ser como dinámica, el ser como razón de ser, el ser como ausencia de ser. Para este hombre, no es el hecho de que anhele ser amado lo que es interesante, sino el hecho de que no pueda admitirlo. ¿Qué va a poner en juego para no ver esa dimensión consistente de su ser? ¿La va a aceptar cuando sea capaz de verla o se encolerizará como ha hecho con nosotros?

El segundo incidente concierne a una mujer de sesenta años. Me conoce bien porque participa en talleres colectivos en una biblioteca municipal desde hace años, y tiene un problema práctico que le gustaría resolver. Su jefe, para el que trabaja desde hace años, quiere que se prejubile. Ella no lo desea pero se pregunta de todos modos si vale la pena negarse y pelearlo, lo que podría ser posible, o bien si no será mejor simplemente aceptar lo que le piden. Le hago algunas preguntas para comprender el contexto y me entero de los hechos siguientes: ha trabajado toda su vida para el mismo jefe, no tiene familia y se ha volcado mucho en su trabajo. Mientras andamos buscando identificar su principal motivación por el trabajo, caemos de forma natural y fácil en el temor de la muerte. De nuevo nada extraordinario. Hay algunos conceptos que llamo “conceptos espantapájaros” y cada uno de nosotros elije uno sin querer, que es por excelencia el concepto del que intentamos permanentemente huir o no ver. Estos conceptos giran en torno a la aniquilación del ser, encarnan la nada de maneras diferentes, la esclarecen bajo diferentes luces. En general nos encontramos casi  siempre con los mismos conceptos: no ser amado, no ser útil, no ser reconocido, no ser libre, no tener nada, no ser nada, ser impotente, sufrir, y por supuesto, morir, lo que era el caso de esta persona. Podremos replicar ante esta lista que estas ideas “negativas” confluyen, que giran en torno a la misma cosa, y estaremos de acuerdo puesto que se trata siempre del no-ser, de cesación de ser, de ausencia de ser, de falta de ser. Y como indica Spinoza con su conatus, el ser desea siempre perseverar en el ser. Sin embargo si psicológicamente esas distinciones vienen a ser lo mismo, en el plano existencial no es en absoluto igual, ya que según los casos el sujeto buscará principalmente, el amor, la utilidad, el reconocimiento, la libertad, la posesión, la supervivencia, la potencia, el placer, la vida. Y aunque el sujeto podría querer varias o perseguir incluso todas, hay generalmente un concepto específico que es el concepto clave que nos lleva a lo que yo llamo el concepto espantapájaros, el que encarna particularmente para esta persona la nada. Ese temor o huida, constituirá la clave de su axiología existencial y conceptual. Bien entendido que a menudo hay que atravesar el batiburrillo conceptual y deshacer la madeja de ideas para identificar la piedra angular. Ya que a la manera del calamar, que lanza  tinta para proteger su huida, el espíritu humano crea confusión para esconder a los otros y a sí mismo el punto neurálgico de su funcionamiento, esa perspectiva cuya simple evocación le hace temblar. Y cuando se cuestiona a un sujeto con el fin de desvelar este punto neurálgico, presenta a menudo las características de lo que llamamos el síndrome del ahogado. Se debate frenéticamente, proyecta su discurso en todas direcciones, protesta, se vuelve agresivo, salta de un tema a otro, todas las maniobras de distracción sin duda inconscientes que a veces son tan difíciles de contener o evitar, en la medida en que la razón no participa. A veces, hay que llegar a la conclusión de que simplemente la persona no está preparada para identificar ese agujero negro del pensamiento. Yo llamo a ese concepto “agujero negro” porque igual que el agujero negro astronómico, parece absorber toda la energía mental del sujeto, de tal modo que nada se manifesta en los alrededores de tal vacío creado. Es pues delicado aproximarse.

Para esta mujer a punto de la jubilación, como ya hemos indicado, el agujero negro, el concepto espantapájaros era la muerte, lo que constituye un clásico, encuadrado en  la total sensatez. ¡Qué más natural para un ser vivo que rehusar la muerte, aunque esta se presente en forma de idea! Así durante la discusión se fue estableciendo claramente y sin demasiada resistencia que la huida o el temor de la muerte había sido la principal razón para que esta mujer se volcara en cuerpo y alma en el trabajo. Pero evidentemente, por principio de realidad, todo lo que había sido pospuesto ad calendas graecas en la vida activa aparecía de manera implacable al filo de la nueva situación. Esta cita mil veces aplazada se hacía ineludible. Debo sin embargo confesar mi sorpresa por la relativa facilidad con la cual había emergido tal concepto y había podido ser trabajado. Pero otra sorpresa me esperaba, muy memorable. Una vez hubo acabado la entrevista, me ausenté una decena de minutos para ir al ordenador a grabar la sesión en un cd. Cuando se lo fui a dar, se puso de pie haciendo aspavientos y diciendo: “¡No he sido yo la que ha hablado!” “¡No era yo!”. Le respondí tranquilamente que de todos modos la grabación le pertenecía, que la tomara e hiciera con ella lo que quisiera. Se llevó el cd, pero fue la última vez que la vi, nunca volvió a participar en un taller.

Fracaso o no

Esta ultima reacción, como otras del mismo temple, plantean la cuestión de la continuidad del trabajo filosófico así como su rentabilidad comercial, si, como vemos se trata de una práctica con riesgos reales. Sobre esto los filósofos prácticos no tienen la misma visión. Durante el congreso internacional de Sevilla, tuvimos una diferencia sobre este punto con Lou Marinoff, un célebre colega americano. En efecto, éste más bien orgulloso de su trabajo, contaba al auditorio sus éxitos hasta que nos confesó uno de sus fracasos. Se trataba de un cliente que no volvió a la consulta a resultas de una sesión en la que había descubierto algo perturbador. Como el incidente había sido descrito de manera negativa, yo mantuve al hilo de la discusión, la objeción de que, al contrario, aquello podría significar que algún punto crucial había sido alcanzado, lo cual me parecía que era el objetivo de la consulta filosófica. Irónicamente, aunque sin bromear, plantee la hipótesis de que era sin duda la sesión más lograda de todas las descritas aquel día, puesto que el sujeto en cuestión estimaba haber terminado lo que tenía que hacer junto con el filósofo, y que desde ese momento haría su trabajo en solitario. Y sin duda, o quizás a raíz de esta última, o única, consulta había reconocido el concepto espantapájaros que le habitaba y con eso ya había tenido suficiente. Una vez fuera del lugar de la sesión, el sujeto es quien decide si prefiere olvidar el concepto o hacerlo vivir, ya no es asunto del filósofo, en la medida en que, necesariamente, el consultante va a deliberar sólo sobre la cuestión. A él le toca ver a continuación si siente la necesidad de volver a  consultar al filósofo, decidir si necesita una cierta asistencia en la medida en que se sienta superado por su propio pensamiento, o simplemente continuar su camino tras esa pausa filosófica.